
Adrian Newey era el fichaje más deseado por los equipos punteros de la F1, tras saberse a principios del mes de mayo de este año que el gurú de la aerodinámica no iba a prolongar su vinculación con Red Bull. Aunque el genial ingeniero dejó entrever que incluso se planteaba la retirada definitiva, las escuderías no cesaron en su empeño de cortejarle.
A priori, el mejor posicionado para contratarle era Ferrari. El cuadro de Maranello, que previamente se había asegurado el refuerzo más mediático posible, soñaba con formar un auténtico Dream Team. Con una alineación conformada por Charles Leclerc y Lewis Hamilton, lo que les faltaba era lo más importante: hacer el monoplaza más competitivo de la parrilla. Para ello anhelaban contar con los servicios del mejor diseñador de coches de la historia de la F1. Un tipo con una hoja de servicios impecable. Ahí están los resultados cosechados en Williams, McLaren y Red Bull, con él como la mente privilegiada capaz de obrar milagros aerodinámicos.
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